domingo, 18 de enero de 2009

PASEANDO POR ROMA O SOÑANDO PASEAR


Esta vez paseaba por las calles de Roma como tantas otras veces. Siempre que mi estado de ánimo no era del todo bueno, llegar caminando hasta la plaza del Vaticano me relajaba bastante. Caminaba cabizbaja sin ninguna intención, la único que necesitaba era estar sola y pasear.
Doblé varias esquinas, recorrí paseos y calles hasta que, sin darme cuenta, me encontré en un barrio desconocido, claro, iba tan sumergida en mis pensamientos que no fui capaz de asegurarme de que seguía el camino correcto. Pensé «tomo un taxi y listo». Me dirigí calle abajo para ver si encontraba alguno, pero tras andar una media hora no conseguí mi propósito.
Había algo extraño en ese lugar que no podía detectar, el silencio reinaba y las calles permanecían desiertas, tanto de gente como de coches.
De repente una nube gris se posó encima de mí, era pequeña, justo como mi cuerpo, me cubría entera y seguía con toda precisión mis pasos, me recordaba a los dibujos animados. En un principio me pareció gracioso pero al darme cuenta del fenómeno empecé a no entender nada.
Retomé el camino andado e intenté volver por el mismo sitio, pero fue imposible, a medida que avanzaba, ante mí nacían varios caminos, era una especie de laberinto. Angustiada, desesperada, corrí sin pensar en nada, mi corazón palpitaba deprisa, mis manos sudaban, era como una pesadilla. Quería despertar aunque todo intento era en vano.
A través de mis ojos cubiertos de lágrimas, ví a lo lejos una pequeña casa con luz, corrí más deprisa para intentar alcanzarla, cegada por la angustia, por el miedo, la velocidad de mi carrera aumentaba considerablemente. A medida que creía acercarme, la casa aparecía ante mis ojos más lejos, no lo podía creer. El sudor invadió todo mi cuerpo en una tarde de invierno.
La angustia retardaba el tiempo, todo sucedía a cámara lenta, a la vez que los días y las noches se encadenaban en una escena totalmente surrealista. iQué pasa, qué me está pasando! gritaba desesperada a la inmensa soledad del vacío.
Algo me hizo tropezar y como águila rapaz en busca de su presa, caí en picado en la profundidad de un abismo durante horas. En el trayecto pasaron por mi mente escenas de toda mi vida, el momento había llegado, mi colisión con el suelo sería mortal.
Sentí cómo el mar, atravesaba mi cuerpo, sentí el calor de la lava en las chimeneas de varios volcanes y cuando veía el final, cuando el presagio era la muerte, me desperté en la mesa de operaciones del Hospital Clínico de Madrid, donde una voz profunda me dijo: -Ha sido niña.

11 comentarios:

El chache dijo...

Que gran historia.
Que bonita es Roma.
Tengo ganas de volver alli.
Un saludete

Yaiza dijo...

Preciosa historia.
A veces la anestesia te hace sentír cosas extrañas...
Como dice el chache, tengo muchas ganas de volver a Roma, mmmmm que linda es.
Por cierto la niña no vino de París sino de Roma, ya está bien que se busquen nuevos horizontes.

roxana dijo...

HAY QUE APRENDER DE LOS GRANDES HOMBRES Y SACARLES PROVECHO. POR LO MENOS ESO Y ES MUCHO!!! NOS HACEN PENSAR! GRAN TEMA
UN ABRAZO
Y GUSTO QUE HAYAS PASADO POR MI BLOG!
ROXANA

roxana dijo...

QUE BELLA HISTORIA: NACIMIENTO: VIDA!!!!!!!!!!
Un abrazo
Roxana

Magdalena Salamanca dijo...

Curiosamente no conozco Roma personalmente, conozco su historia y su arte, me encantaría ir.
Un saludete para ti también, Chache.

Magdalena Salamanca dijo...

Hola Yaiza, lo que verdaderamente hace sentir es la escritura, gracias por haberte acercado hasta aquí.

Magdalena Salamanca dijo...

Hola Roxana pareces una mujer con mucha energía, eso me gusta, la vida es maravillosa.

Amig@mi@ dijo...

Esas historias que provoca la anestesia me traen recuerdos, y...
También fue niña.
JEJE
Besos

Ramiro carracedo dijo...

sin palabras.... alcanza con eso?

Magdalena Salamanca dijo...

Amig@mi@ felicidades por la maternidad.

Magdalena Salamanca dijo...

Hola Ramiro, no se escapar del lenguaje, nos hace humanos.